martes, 22 de agosto de 2017

Muerte del niño Braulio (El dulce abismo)

Al entierro de Braulio no fue casi nadie, el miedo inundaba cada casa de Tamaraceite, las decenas de desaparecidos, los condenados a muerte, incluso el alcalde Juan el albañil ya sentenciado al fusilamiento, al entierro del niño Braulio de solo cuatro meses no fue casi nadie, solo mi abuela Lola, sus hijos el más pequeño Lorenzo, el mediano Paco y el más viejo Diego con 11 años, todos testigos del brutal asesinato el 24 de diciembre del 36 cuando la brigada de falangistas entraron en la humilde vivienda, mataron al perro de un disparo de pistola, tiraron la puerta abajo antes de que mi tía Rosa García pudiera abrir la vieja puerta de madera.

Fue el golpe en la cabeza cuando el joven fascista lo lanzó contra la pared fue demasiado fuerte, no duró casi nada, ya en la mañana del día de Navidad cerró sus ojos para siempre, lanzó unos balbuceos pegado a la teta de su madre, el único consuelo en sus instantes finales ya que el médico dijo que no había nada que hacer, cuando lo llevaron caminando hasta la calle Triana en Las Palmas desde el municipio de San Lorenzo.

El entierro fue el domingo, nadie lo veló en el camastro del colchón de paja, el cura no quiso venir, le dijo a Lola que era un tema político que el no podía meterse en líos, que era el hijo de un comunista. Solo se acercó Paco Machado poco antes de ser detenido, el hermano del alcalde, estuvo unas horas sentado en la salita de la casa pobre, trajo una cajita de madera de los tomateros de Los Giles, allí lo meterían para el viaje final, los llantos de su madre, los hermanitos mirando la paciente inmovilidad de Braulio, como si pareciera que de repente iba a empezar a moverse, a mover su piecesitos, sus manitas buscando en el aire los colores de la felicidad.

La comitiva a píe hasta el cementerio de San Lorenzo era minúscula, los chiquillos hermanos, la madre, la tía Rosa, la cajita la llevaba en sus manos el tío Miguel, no pesaba nada, eran tan chiquitillo. Fueron por el camino viejo, la pista de tierra por donde iban todos los entierros, también los recién casados en tartana.

Esa terrible soledad, en el camposanto solo estaba Pedro el sepulturero, que le hizo un gesto a Lola con los ojos de complicidad, era amigo de Pancho su marido condenado a muerte, no pudo abrazarla, ni siquiera tomarla de la mano, apretarsela, demasiados ojos miraban desde más allá de los muros, ya tenía el agujero hecho, la fosa pequeñita, insignificante entre la grandes cruces y mármoles con inscripciones y rezos.

Lo metieron dentro, Lola no quería que echaran tierra sobre su niño amado, se lanzó al agujero, abrazó el ataúd, no lo soltaba, lo besaba, sus lagrimas impregnaban la quebrada madera, parecían un pequeño universo aquellas personitas rodeando algo tan insignificante, pero la tierra hizo su trabajo, ni una cruz, solo una pequeña piedra donde Pedro alcanzó a escribir con una tiza blanca “DEP Braulio González García”.

Luego todos partieron Lorenzo se durmió en los brazos de Rosa, Paco y Diego iban de la manita, Lola cabizbaja, no sabía si iba o si venía, si todavía Braulio estaba de camino o estaba enterrado bajo el barro de aquel diciembre triste, inundado de una lluvia que no quería marcharse del eterno páramo del olvido.

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Pintura "La muerte del angelito" de Damian Suárez Loshi

Lucía y el viento

Para llegar a la casa de Mariquita Bosa había que recorrer todo el intrincado laberinto del Risco de San Nicolás, subir la cuesta con discreción por que muchas veces había somatenes vigilando quien andaba por ese rincón de Las Palmas, quienes entraban y salían del barrio o pasaban la noche en la casa de la curandera.

Lucía Mayo, la joven gallega nacida en Pontevedra había venido a Canarias con apenas cinco añitos, su padre fue trasladado al Gobierno Civil y allí sufrieron la brutal represión de los fascistas, desapareciendo al progenitor Amancio Mayo en la Sima de Jinámar la noche del 9 de agosto del 36, su madre falleció por la tortura en el centro de detención de la calle Luis Antúnez, la muchacha con apenas 16 años, fue trasladada a la conocida finca del Conde en Fataga donde fue violada durante varios meses en los asaderos-fiesta que montaba la oligarquía isleña, donde las mujeres republicanas más jóvenes y bellas sufrían todo tipo de aberraciones y abusos por parte de los caciques y terratenientes entre botellas de ron de caña, borracheras, palizas y juergas nocturnas, que estas mujeres sufrían hasta que llegaba el momento de asesinarlas y desaparecerlas.

El garito azul” como le llamaba entre risas Santiago Román, secretario del obispo, se convirtió hasta casi 1940 en el lugar perfecto para el encuentro de los fascistas, cada semana había nuevas mujeres, hijas y esposas de asesinados, otras vinculadas a sindicatos y varias maestras, el criterio de Eufemiano, jefe provincial de Falange y del hijo del Conde es que “fueran jóvenes y tuvieran buenas tetas y culos”, luego las recluían semanas o meses en unos barracones utilizados anteriormente para los tomateros, espacios infrahumanos, sucios, nauseabundos, con un calor sofocante y varias literas traídas del campo de concentración y exterminio de Gando.

Lucía tras dos meses de vejaciones indescriptibles y cuando ya creía que la iban a desaparecer tuvo un gravísimo virus de estomago con vómitos y diarreas, lo que generaba asco y repudio en los borrachos caciques, mandos de la guardia civil y del ejército, junto a los falanges más destacados, ordenando Eufemiano que la llevaran a casa de Julita Reina la curandera de Arteara, allí la mujer muy mayor y media ciega la acostó en su cama, le preparó varios brebajes con hierbas y plantas recolectadas en el barranco de Tirajana.

Allí pasó la muchacha casi una semana y la vieja le cogió mucho cariño, la veía tan inocente, tan niña, tan frágil, le sorprendía que no pudiera emitir palabra desde la noche que se la llevaron al prostíbulo del Conde.

-No entiendo mi niña lo que te han hecho esas bestias del demonio, pero tiene que ser terrible y se que nunca podrás contármelo- dijo la anciana la noche que pactó con ella que iba a esconderla en el alpendre de Cho Sebastián en la montaña de Ayacata junto a las cuevas de “Los Canarios”.

Subieron andando la noche siguiente, la muchacha seguía sangrando mucho por el ano por los desgarros, la vieja la ayudaba, se sentaron como diez veces hasta llegar al páramo perdido, olía a hierba manzanilla, al estiércol de las vacas y las águilas no dejaban de sobrevolar sus nidos colgados en lo más alto de acantilado.

Allí pasó Lucía casi seis, meses, los fascistas se creyeron la historia de la anciana de que había fallecido y tuvo que quemar su cuerpo porque tenía cólera o peste y quería evitar cualquier contagio, les mostró los restos de la hoguera y los huesos quemados de una cabra, los falangistas bajaron alarmados a la finca del conde, temerosos por si estaban contagiados.

Las dos mujeres siguieron subiendo la intrincada cuesta, Mariquita la esperaba en el Risco, llegó Lucía con su abuela y la curandera tenía preparado todo para practicarle el aborto, fue rápido, muy doloroso, pero rápido, “dentro llevaba la semilla del mal”, pensaba, el odio de los que habían asesinado a su padre, los que la habían violado durante meses.

Al día siguiente llegaron temblorosas hasta el Castillo de San Francisco, la dos se sentaron junto a un drago milenario, en su sombra se estaba bien, miraban al mar, se veían barcos militares arribando al Puerto de la Luz, la playa de Triana estaba abarrotada de hombres que hacían ejercicios militares.

Lucía no dijo nada, seguía sin hablar, jamás volvió a emitir palabra, ya lo había dicho todo cuando gritaba de dolor y miedo en la hacienda de los criminales.

Del barranco Guiniguada subía una brisa fresca, el mismo olor del refugio de Ayacata, el mismo sabor ancestral de la leche de cabra, la misma energía de amor femenino y solidario.

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lunes, 21 de agosto de 2017

Miles de gritos callados

Cuando Chanita tenía el sancocho preparado avisó a los comensales que hablaban junto al estanque de barro de la Vega de San Lorenzo, un grupo reducido de vecinos y familiares, allí estaba Dolores que acababa de llegar de Tenerife donde estudiaba tratando de huir de los cientos de asesinatos fascistas en la isla hermana, dejó la carrera justo en diciembre del 36 cuando comenzaron a desaparecer sus compañeros, en Tamaraceite habían asesinado al bebé Braulio González García en su cuna, más de 20 hombres desaparecidos en el pueblo en pocos meses y el alcalde comunista Juan Santana Vega y cuatro compañeros vinculados al castigado ayuntamiento del Frente Popular condenados a muerte.

Cuando la muchacha entró en la vieja estancia un chico joven la miraba mientras amasaba el gofio, su cara le sonaba mucho, eran unos ojos marrones con la tristeza incrustada en lo más profundo de sus pupilas, la saludó con la cabeza y una leve sonrisa con restos de dolor ancestral y comenzó la comida entre un silencio sepulcral.

Estaba presente el genocidio que se estaba llevando a cabo en cada rincón de Canarias, en cualquier momento se podían llevar a cualquiera, todo tipo de caciques, terratenientes, guardias civiles, curas y obreros vendidos integrados en Falange, ejercían un poder demoledor y manchado de la sangre de miles de personas desaparecidas simplemente por pensar diferente.

A Dolores no le bajaba la comida, el pescado salado se le atragantada, las papas sancochadas con mojo verde no sabían a nada, ni siquiera el vino de Bandama alegraba el encuentro, la comida más triste de sus vidas, ya no había parranda, los timples y guitarras descansaban en el fondo del alpendre como animales muertos en espera de ser enterrados.

-¿Gerardo?- dijo la muchacha, recordando de repente su vinculación a la CNT de Tenerife, los días de campaña con los obreros del Puerto de Santa Cruz.

El chico sonrió porque no se había olvidado de aquella mujer tan bella y combativa, conversaron sobre las desapariciones y fusilamientos masivos de tantos amigos y compañeros, la persecución de los maestros de escuela, de sus profesores, de tanta gente buena ahora encarcelada o asesinada.

Chanita cerró la puerta y los dejó solos en la parte de atrás de la casa, allí pudieron hablar de todo lo que estaba sucediendo, del terror de ser detenidos, de lo que le pasaba a las mujeres jóvenes, la violación masiva por parte de la soldadesca después de pasar por la cama del cacique de turno, las aberraciones, la muerte, la segura desaparición.

Gerardo partía esa noche hacia el norte de la isla a un lugar indeterminado entre Artenara y La Aldea de San Nicolás, intentaba estar escondido un tiempo, para luego intentar salir en barco hacia Venezuela o cualquier punto de la costa africana.

Los dos jóvenes se abrazaron, no pasaban de los 22 años, lloraron como cinco minutos sin soltarse, como si desde el 18 de julio hubieran envejecido millones de años, el abrazo reparador envuelto en lagrimas y sollozos les dio fuerzas para partir con una mirada cómplice y libertaria.

-¡Salud hermana! Nos espera un mundo oscuro pero la fragancia de la libertad acabará inundando este paraíso invadido por lo peor de la especia humana- dijo Gerardo y Dolores cerró el puño en señal de despedida.

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Manifestación obrera en Hermigua (La Gomera) en 1936

domingo, 20 de agosto de 2017

La mirada y la tierra

El cura conocido como don Ramón inició el sermón hablando de los rojos que vivían en pecado y que iban a ser ejecutados después de la misa por el grupo de falangistas que los había capturado, el sacerdote sudaba mucho bajo el infernal agosto del 37 con más de 29 grados, en aquel estrado improvisado en la entrada de la iglesia, hablaba de la necesidad de exterminar a quienes iban contra la “Santa Cruzada Nacional”, la importancia de quitar la vida a todo aquel que hubiera estado vinculado a la diabólica República que había creado escuelas para los hijos de lo obreros, centros educativos sin clases de religión con diabólicos maestros que hablaban de libertades, democracia, naturaleza y evolución de las especies.

En la cuesta del callejón que daba al camposanto norteño siete hombres y dos mujeres llenos de sangre y los rostros hinchados por los golpes y torturas de los falangistas, entre ellos el maestro Juan Martel y la joven doctora catalana Montserrat, hija del juez desaparecido varios días antes en la Sima de Jinámar don Manuel Alemany.

La plaza repleta de feligreses en silencio ante las arengas del prelado sudoroso con sotana negra y un gorro de tres picos, los monaguillos parecían estatuas a su lado impregnando de sahumerio el aire caliente que venía del Sahara.

Los falanges comenzaron a golpear a las personas detenidas, varios líderes sindicales de los tomateros del cacique inglés de las haciendas ubicadas entre Galdar y Agaete, una mujer tabaquera de La Isleta que tenía el tabique nasal roto de un cabezazo del falangista de San José Carlos Romero.

Según terminó la homilía salieron en el camión de la marquesa del pueblo del ron con los reos rodeados de falangistas armados, que con rostro serio y máuser en mano les apuntaban para evitar cualquier evasión.

Se adentraron por un camino de tierra en la carretera de La Aldea de San Nicolás, bajo la Punta de Faneque, colocando a las mujeres y los hombres boca abajo en el suelo, algunos arrodillados, mientras el teniente albaceteño de la guardia civil Manuel Lucena, conocido como “Medio huevo” sacaba la pistola y tras quitarse el tricornio comenzó a dispararle a todos en la nuca, deteniéndose ante la doctora que lo miró con los ojos repletos de lágrimas.

-Puta roja ahora vas a conocer el precio de no cobrarle a esta escoria de jornaleros en tu consulta de Sardina- dijo mientra ella lo miraba fijamente y le disparaba en un ojo.

En un bancal de cultivo al lado sur del barranco de Faneroque tres hombres con boina azul y cruces de falange en el pecho cavaban una fosa donde depositar en posición vertical a cada asesinado, metieron primero a las dos mujeres tras despojarle de sus ropas entre las risas de los ebrios fascistas, luego al resto de asesinados que lanzaban de cabeza mientras echaban sacos de cal viva sobre sus cuerpos.

Como siempre se hizo el silencio al marcharse los asesinos hacia el tenderete en la casa del jefe falangista de Agaete, solo un águila sobrevolaba inquieta aquel espacio de genocidio, parecía triste en su vuelo, sus alas marcaban como tristes la nueva oleada del crimen.

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Restos de asesinados por el fascismo en una fosa común de Valladolid (REUTERS)

sábado, 19 de agosto de 2017

Premonitoria tristeza

El amarillento cielo no presagiaba nada bueno, el mar estaba más encrespado que nunca, su espuma impregnaba las pieles de cabra y las hacía más vivas, como si resucitaran los ancestrales animales mágicos, de lo lejos venían naves que parecían volar sobre las olas gigantes de Agaldar, el frío inundó la quebrada, el barranco dejó de oler a romero y los inciensos de los rituales de repente desaparecieron.

El paredón de La Isleta aparecía en aquel viaje por el tiempo, un grupo de cinco hombres iban a ser ejecutados, todo se mezclaba como en una nebulosa ininteligible, los gritos en una lengua perdida, las consignas de quienes iban a morir acribillados a balazos.

Adassa parecía ver el futuro, no entendía aquellos nubarrones, pero si veía como de lanzas negras salía fuego que destruía a los hombres vestidos con ropas extrañas, muchachos jóvenes que caían sobre un charco de sangre entre las cortantes piedras volcánicas al grito de hombres vestidos de azul, todo era azul en aquel siniestro futuro, se repetía el genocidio en otro tiempo, parecía que aquella tierra estaba condenada a seguir sufriendo el exterminio de su gente.

Las cruces, las espadas, las espingardas y aquellos seres de hierro a caballo asesinaban por toda la montaña hasta la cumbre, el universo se venía abajo, no quedaba nada más que huir después de la guerra de cinco años en inferioridad, la resistencia en la isla deTamarán de las almas amparadas por el Dios Sol, hasta que todo terminó en nada, las filas de mujeres y niñas entrando en los barcos para llevarlas más allá del horizonte como esclavas.

La muchacha daba a luz en la lúgubre bodega de la nave con una cadena atada al cuello, salía su niño amado, Pedro Gregorio, aunque ella prefería llamarlo Doramas cuando nadie la escuchaba. No desaparecía cada vez que cerraba los ojos aquella imagen premonitoria, hombres y mujeres arrojadas a los agujeros volcánicos, a los pozos, a los acantilados marinos, se repetía la historia tantos años después, aunque no sabía si era el pasado o el futuro, solo que de nuevo sucedía o quizá ya había pasado.

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Pintura de Ernest Descals

¡Visca Catalunya! ¡Abajo el fascismo!

Siempre he admirado al pueblo de Catalunya por su lucha por ser libres, incluso una de mis hijas es de nacionalidad catalana, cuantas veces anduve con mi otra hija canaria por esas Ramblas ahora pasto del terror y la sangre, nos entreteníamos viendo a los artistas callejeros, los pintores de comics, la maravillosa multiculturalidad que siempre recorre este rincón del mundo en libertad.

Me da mucha tristeza el odio de la caverna que forma la España más profunda y corrupta, de la que el PP es parte esencial junto a periodistas ultraderechistas como Alfonso Rojo, Isabel San Sebastián y otros vomitadores de odio, el mismo odio que asesinó desde el golpe fascista del 36 a casi 200.000 personas que todavía siguen enterradas como basura en miles de fosas comunes y cunetas.

Quiero desde mi humilde y sufrido corazón manifestar mi inmenso cariño y absoluto apoyo al pueblo catalán, a quienes se manifiestan contra el fascismo y la xenofobia a pesar de tanto dolor, de ver niños destrozados entre charcos de sangre en las baldosas que recorrimos en tiempos felices, familias que jamás podrán recomponerse, un miedo que se incrusta en lo más profundo de las conciencias.

Rechazo los minutos de silencio de quienes luego se van de almuerzo y vino reserva a costa del erario público, quienes generan terrorismo todo el año con recortes sociales, desahucios a punta de pistola policial, desempleo, miseria, exclusión, hambre infantil, suicidios por motivos económicos.

¡Visca el pueblo de Catalunya! ¡Visca mi niña! ¡Visca mi gente!

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viernes, 18 de agosto de 2017

Llueve sobre la fosa de los amantes

La llamarada de la hoguera se iba extinguiendo en las brazas rojas y Eduardo y Julia se abrazaban bajo la manta de la abuela Rosa, el viento traía un leve olor a flores del fondo de la Caldera de los Marteles, septiembre era una transición de calor y frío en la nocturna cumbre de la isla, parecía que nadie ni nadie podía interrumpir aquel rito de amor bajo el cielo estrellado.

Entre los pinos pensaban que la pequeña hoguera no podía despertar sospecha, pero sabían que los falangistas y guardias civiles recorrían cada paraje buscando a los evadidos, desde la noche del sábado 18 de julio ya habían comenzado a matar, miles de hombres y mujeres en aquel pequeño tramo de tiempo ya estaban en el fondo de los pozos y simas, en las profundidades marinas atados de pies y manos dentro de los sacos de plátanos.

Julia Sosa recordaba cuando salieron los dos huyendo aquella madrugada por las callejuelas empinadas de las Lagunetas, justo en el momento en que subía de San Mateo el camión de los fascistas, recogiendo casa por casa a todas las personas que tenían en sus listas negras, la voz del tabaquero Eufemiano ordenando a quien llevarse, a quien desaparecer, a quien torturar, a quien violar hasta la muerte.

En la oscura noche dos pechos unidos, dos corazones que se escuchaban, ambos se hacían los dormidos para tranquilizar al otro, ella se pegaba mucho a Eduardo, hubiera querido entrar en su cuerpo y no salir jamás, ser uno solo para poder escapar mejor de aquel laberinto insular sin salida, el miraba las estrellas y se entretenía viendo los trocitos de polvo estelar que entraban en la atmósfera y se hacían pedazos, los restos de Las Perseidas, las últimas lágrimas de San Lorenzo el 11 de septiembre del 36.

Desde lo profundo del bosque se escucharon pasos y los dos se pusieron en alerta, apagaron la brasa con la manta, la voz de un hombre que mandaba peinar en zig zag, botas militares arrasaban la pinocha.

-Huele a hoguera y perfume mi teniente- dijo alguien joven mientras el pinar comenzaba a convertirse en un infierno.

No tuvieron tiempo ni de soltarse del abrazo, llegaron como fieras salvajes y a golpes los separaron, a ella se la llevaron a una ensenada, el tabaquero ordenó que se la dejaran para el, para luego entregarla a la soldadesca para la habitual violación múltiple de cada roja republicana.

Eduardo Cabrera le gritaba a Julia mi niña que la amaba, que la amaba, que la amaba, que jamás podrían acabar con su amor, que resistiera, que la muerte sería la salida, pero un culatazo lo dejó sin sentido y con parte de su masa encefálica cayéndole por la nuca.

El jefe de centuria Borja Manrique de Lara destinó a varios falanges que abrieran una pequeña fosa para la pareja de amantes, al el lo tiraron primero, ya Eufemiano le había hecho de todo a Julia, que en el suelo con la ropa destrozada respiraba aceleradamente en un charco de sangre.

Luego los falangistas en fila de uno, un grupo de doce hombres borrachos entre risas y botellas de ron de caña que iban violando a Julia uno tras otro, incluso después de muerta desangrada, hasta que el empresario tabaquero junto al hijo del conde dio la orden de arrojarla a la fosa.

-Bien follada se va la hija de puta- dijo con acento inglés el hijo del terrateniente Bonny, que también se había unido al genocidio junto a otras familias de la sanguinaria oligarquía isleña.

Comenzó a lloviznar a poco de marcharse los hombres en los camiones hacia la mansión de Santa Brigida del tabaquero donde los esperaba un buen desayuno.

La fosa comenzó a recibir las lluvias interminables, brotaron en pocos días las primeras flores preludio del otoño, de aquel espacio de ternura germinó la tierra con dos cuerpos que siguieron abrazados para siempre, perdidos entre la niebla y la esencial energía del amor.

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jueves, 17 de agosto de 2017

La telaraña del tiempo

La joven Adassa no entendía nada de aquella extraña lengua, los hombres parecían ladrar cuando emitían alguna palabra, solo veía a sus hermanos muertos en el poblado de Tufia en Tamarán, cerquita del mar, lo que hasta hacía unos instantes era un lugar de armonía y respeto por los ancestros, ahora se había convertido en un espacio para la sangre y la muerte, cuerpos esparcidos de niños, mayores, ancianos, hasta los perros yacían inertes, mientras los demonios de hierro apartaban a las mujeres, a la niñas adolescentes que se iban a llevar en sus embarcaciones de madera.

Al otro lado del tiempo otra mujer esperaba junto al paredón de La Isleta como iban a fusilar a su marido, Carmela veía llegar a los falangistas y a sus familias eufóricas para presenciar una nueva ejecución, varios paisanos eran sacados a empujones de los nidos de ametralladora, cinco como siempre, siempre fusilaban cinco como si ese número fuera ideal para quienes dependían del crimen para sustentar unas ideas impuestas sobre un pueblo libre, la letanía del cura pistola al cinto, el grito del oficial, “Apunten, fuego”.

Como en una telaraña infinita Adassa y Carmela parecían encontrarse en el fragor de los años, el mismo viento enredaba sus cabellos, el mismo salitre, la misma arena sahariana que traía el siroco de más allá del horizonte, las unía el dolor, la desesperación de un pueblo víctima de los genocidios, dos holocaustos con una pequeña franja de 400 años de hambre, miseria, esclavitud, derecho de pernada, abusos de poder y explotación.

Las dos se tomaron de la mano, parecían conocerse desde siempre y se reflejaban en sus ojos azules en aquel bosque de pinos de la cumbre de la isla redonda, la muchacha indígena le habló en su lengua libico-bereber en muy baja voz, Carmela asintió, entendía todo, ambas descubrieron que estaban muertas y que llevaban cientos de años flotando en la niebla que sube de Agaete a Tamadaba en las tardes mágicas de agosto.

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lunes, 14 de agosto de 2017

El "Paredón de España"

En el “Paredón de España” (Paterna, Valencia) los impactos de las balas asesinas ahí siguen como sombras de genocidio, entre el bosque, el abandono, la basura, los animales muertos y los restos de rituales satánicos pervive la esencia del crimen de estado. Más de 2.500 fusilados que podían ver como acribillaban a balazos a sus compañeros y camaradas antes de ponerlos a ellos, a ellas frente al pelotón. Sentí esa tristeza añeja, esa desesperanza curtida desde mi infancia como familiar de víctimas del franquismo, esa dignidad universal que florece en cada puño que se alza en defensa de esta lucha sin tregua por el amor y la memoria.

Allí sentí lo mismo que en la Sima de Jinámar en Gran Canaria, en la chimenea volcánica se respira la misma sensación inquietante, como si el aire no quisiera correr, como si el silencio estuviera petrificado, anudado al dolor, entre los gritos de los cientos que fueron arrojado al abismo por los falangistas criminales.

La historia de aquel niño que junto a sus amigos se encaramó a uno de los árboles para ver los fusilamientos en el paredón de Paterna, y al que un Guardia Civil al ser el último en intentar escapar lo colocó en la fila de los que iban a ser asesinados, según diversos testimonios ese niño jamás volvió a hablar.

Esto es el paredón de Paterna, un conjunto de historias terroríficas, un lugar de muerte y terror que jamás podrá ser olvidado ni perdonado, donde miles de mujeres y hombres fueron masacrados, anarquistas, comunistas, socialistas, masones, intelectuales, profesores, sindicalistas, cualquier persona que se hubiera declarado antifascista y defendiera la libertad.

La fila de la muerte, el sonido de los disparos de los militares, muchas veces jóvenes que hacían el servicio militar en su primera fase desde abril del 39, los que en algunos casos quedaron con secuelas psíquicas de por vida al tener que asesinar más de una vez a personas conocidas, hasta que los criminales se decidieron por la llamada “Benemérita” o Guardia Civil, para que a ráfagas de ametralladora continuara con los fusilamientos masivos hasta noviembre del año 1950.

Los asesinados eran paseados en camiones por el pueblo de Paterna dejando un reguero de sangre, antes de llevarlos a las fosas comunes del camposanto, la idea era clara, generar terror, sembrar el virus de la pasividad, el ver, oír y callar que todavía pervive en nuestros días, la siniestra “procesión” con los cuerpos acribillados de sus conciudadanos a la vista de todos, de todas, mujeres y hombres que contemplaron con horror el brutal holocausto fascista.

Paterna, su paredón, sus fosas comunes repletas de huesos justos y eternos, son un símbolo, un referente de dignidad y coraje para todo el estado español, para las personas de bien que luchan por la memoria democrática, por la justicia, por la reparación, para que esta pseudodemocracia en la vivimos no siga manchada de sangre.

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viernes, 4 de agosto de 2017

Por las heroínas, por los héroes de la clase trabajadora

Cuando me llamaron del Partido Comunista del Pueblo Canario para participar en el acto homenaje a las heroínas y héroes de la clase trabajadora canaria, en este nuevo aniversario de los fusilamientos del diputado comunista Eduardo Suárez y del Delegado Gubernativo Fernando Egea, pensé en el inmenso honor, pero también en el orgullo de aportar mi granito de arena a la dignificación de quienes de forma ejemplar destinaron sus vidas a la mejora de las condiciones de vida de las personas más desfavorecidas, de quienes son pisoteadas por un sistema capitalista criminal, que prioriza el enriquecimiento de unos pocos sobre la miseria de la inmensa mayoría.

En Canarias el golpe de estado fascista del 36 como en el resto de España se produjo para aplastar los avances sociales generados por la República, por un gobierno de izquierda y revolucionario que apostaba por la clase obrera, por el cambio social, por acabar con las injusticias de la oligarquía y la Iglesia Católica, en unas islas con desproporcionados niveles de pobreza, condiciones laborales de semiesclavitud,  junto con altos índices de mortalidad infantil, miseria y hambre.

El genocidio fue brutal, asesinando a miles de personas en una zona del estado sin confrontación armada, con listas negras elaboradas meses antes del alzamiento faccioso, llenando las fosas comunes, el mar, las simas, las chimeneas volcánicas, los pozos con lo mejor de nuestro pueblo.

En estos meses desde el Comité Popular por la Exhumación de la Fosa Común del Cementerio de Las Palmas integrado, entre otras organizaciones, por el PCPC, Familiares Fusilados San Lorenzo, Foro Canario Víctimas del Franquismo, Comisiones Obreras, FSOC, colectivos vecinales y sociales, se han logrado importantes avances, concretamente con la fosa común del cementerio de Vegueta, donde ya se está trabajando para su exhumación, con la implicación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, el Cabildo y el Ayuntamiento capitalino y posiblemente en la próxima primavera ya se empiecen los trabajos para recuperar los restos de las decenas de personas asesinadas y enterradas en este agujero del horror.

Además también hay acuerdos muy importantes con el Cabildo para la investigación hacia la excavación de la Sima de Jinámar y tratar de recuperar cada hueso, así como la creación de un espacio de homenaje a las víctimas en este símbolo de la lucha contra el fascismo en la isla de Gran Canaria.

Vamos avanzando y está demostrado que la única manera es la lucha en la calle, la movilización, la concienciación de nuestro pueblo, la brega sin tregua por recuperar toda esa memoria silenciada y ocultada premeditadamente por el terrorismo de estado, por un régimen que sigue siendo culpable de este genocidio en Canarias, en todo el estado español, donde actualmente se sigue respaldando el franquismo y sus criminales y torturadores, algunos reclamados por la justicia internacional por crímenes de lesa humanidad.

No lo podemos permitir, jamás podemos perdonar y mucho menos olvidar tantos asesinatos, tantas humillaciones, tanta sangre derramada para perpetuar el neoliberalismo, la explotación, las guerras imperialistas, el sometimiento de los pueblos del mundo a los dictámenes de los opresores.

¡Hasta la victoria siempre camaradas!

¡Viva la lucha de la clase trabajadora!

¡Abajo el fascismo!

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