lunes, 16 de octubre de 2017

El delirio y la rabia

Nicanor Falcón, cuando se emborrachaba se iba a la casa de Claudio Rivero uno de los asesinos de su padre, tambaleándose subía el callejón del laberinto intrincado del barrio de San José hasta llegar a la vivienda de dos plantas donde vivía el fascista, desde la calle profería gritos e insultos:

-Cabrón, hijo de puta, asesino, mataste a mi padre, me quitaste  lo que más quería criminal-

Dentro Rivero se reviraba desalado, se le ponía la cara muy roja, las venas del cuello muy hinchadas, se asomaba por una rendija de la ventana y lo veía con el puño en alto, lanzándole todo tipo de improperios.

El guardia civil retirado le tenía miedo, le venían a la mente los cientos de asesinatos de republicanos donde había participado, el cuerpo destruido por la bebida de Nicanor se le parecía al de su padre, los mismos ojos, la misma voz rota, el mismo color moreno de su piel, el mismo rostro que vio en el momento de empujarlo de espaldas al agujero volcánico la Sima de Jinámar.

Le parecía que uno de los muertos venía a buscarlo a su casa como un fantasma del pasado, en su vejez prematura por el cáncer linfático se ponía muy mal al escuchar los gritos del borracho, del hombre alcoholizado que cada vez que bebía no fallaba en la puerta de su vivienda.

Siempre agarraba el teléfono y llamaba a la Policía Nacional de la Plaza de La Feria:

-Está aquí de nuevo este hijo de puta, vengan ya para inflarlo a hostias- decía.

Al momento se presentaba un jeep con varios grises dentro, tomaban de forma violenta de los brazos a Nicanor y si se resistía le metían un rodillazo en la columna vertebral, lo introducían en el vehículo y se lo llevaban a la comisaría junto al Gobierno Civil.

Desde la ventana Claudio Rivero miraba toda la operación, no se atrevía a salir y siempre uno de los policías al mando, sonriente desde la ventana del vehículo le levantada el dedo gordo en señal de misión cumplida.

El fascista se iba directo al cajón de las medicinas y se tomaba varios ansiolíticos, se tumbaba en el sillón y notaba como le temblaban las manos y las piernas, no entendía ese miedo, la enfermedad lo machacaba, recordaba aquel día en que la mujer de uno de los que había asesinado, le dijo roja de ira, en el mercadillo de los domingos de Vegueta:

-Te maldigo perro asqueroso, te deseo que mueras ahogado en sangre, que el dolor sea tan fuerte que no puedas vivir tranquilo los años que te quedan-

En la Plaza de la Feria sacaban siempre a golpes del todoterreno a Nicanor, lo llevaban a una de las celdas y allí le esperaba la tortura, algunas veces golpes en todo su cuerpo con una toalla mojada, otras le hacían “El submarino”, metiendo su cabeza envuelta en una bolsa de plástico en una bañera de orines y excrementos, alguna vez, las menos, corriente eléctrica en sus genitales colgado por las piernas.

La borrachera se le cortaba y en la mañana lo dejaban marcharse, lo primero que hacía era dirigirse a la churrería “La Madrileña” en la trasera de Bravo Murillo, pedir un café solo y dos churros, allí se pasaba más de una hora pensando, meditando, rumiando todo ese dolor que le había destrozado su vida.

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Dibujo de Castelao (No entierran hombres, entierran semillas)

domingo, 15 de octubre de 2017

De aquel vuelo en la alborada

"No puede morir jamás quien de esclavo se libera, rompiendo para ser libre con su vida, las cadenas".

Cantata del Mencey Loco (La raza, Los Sabandeños)

Acostumbrada a las largas caminatas desde muy niña acompañando a su padre con el ganado de cabras y ovejas, Lorenza Trujillo subía y subía, no paraba ni un instante, serpenteando de lado a lado el barranco de Tocodomán para hacer más leve el esfuerzo, en algunos momentos se paraba y bebía agua del minúsculo riachuelo que venía de lo más alto de la montaña, la falda remangada por encima de las rodillas mostraba unas piernas fuertes, bellas, morenas, musculadas.

La noche anterior se habían llevado a su novio Tomas Hernández de la vieja casa del barranco de Tasartico, dos guardias de La Aldea de San Nicolás guiaron hasta la humilde vivienda a la brigada de falangistas, el muchacho dormía cuando tocaron a la puerta gritando su nombre, salió y fue apresado, no imaginaba los motivos, estaba tan aislado que ni siquiera sabía que había estallado un golpe de estado en España.

Cuantos recuerdos tenía Lorenza de aquel refugio de amor, cuantas noches juntos mientras la lluvia caía, haciendo que el cauce se convirtiera en un río temporal por donde subían las anguilas.

Le venían de repente todos aquellos recuerdos tan bellos mientras trataba de escapar de la segura detención, la habían avisado de que después de Tomas irían a por ella, que ya habían asesinado a sus compañeros de la Federación Obrera de Agaete, que cientos de fascistas estaban haciendo el trabajo sucio a los terratenientes matando, desapareciendo, torturando, violando a las mujeres que tuvieran cualquier vinculo con las luchas obreras.

Ella sabía que se la tenían jurada, que si la detenían no escaparía de los brutales abusos sexuales de aquella horda de criminales, sobre todo del guardia civil, Damián Curbelo, al que había rechazado varias veces cuando la seguía, avanzando muy despacio a su altura con el coche policial, sobre todo en las madrugadas en que la muchacha iba a trabajar con varias compañeras las tierras medianeras de su padre.

El guardia mucho mayor que ella estaba casado y obsesionado con su belleza, la seguía, conocía cada uno de sus movimientos, se metía con ella, no la respetaba y le decía cosas relacionadas con su cuerpo, con su sensualidad:

-No se que haces con ese maricón de mierda que escribe hasta poesía, aquí tienes un macho de verdad y lo rechazas, no sabes lo que te pierdes hija del diablo- le dijo muchas veces y Lorenza se le enfrentaba, no permitía que la insultara, que la humillara, que la vejara.

En la Degollada de Peñón Bermejo la muchacha estaba agotada y decidió sentarse a descansar, sacó de su bolso de piel de cabra un poco de queso, pan duro y unas sardinas saladas que devoró en unos instantes, el viento se enredaba en su pelo negro y largo, miraba al infinito, al horizonte marino, se divisaban las islas de Tenerife, La Gomera y La Palma, a su derecha el barranco repleto de tabaibas tan grandes como árboles, gruesas, repletas de vida y energía natural.

Siguió avanzando por el macizo de Guguy, ya no había tanta cuesta y comenzaba a salir el sol, el suelo estaba mojado, impregnado de rocío, se encontraba con los conejos que todavía retozaban y jugaban aprovechando la oscuridad de la noche, en la montaña de los Hogarzos había un grupo de unas doce cabras guanilas que pastaban tranquilas, ni siquiera se espantaron a su paso.

Llegando a la Montaña de los Cedros notó la terrible presencia, miró a su alrededor y no veía nada, escrutó cada piedra, cada gigantesco cardón, pero su instinto de mujer aferrada a la tierra supo que algo anormal la rodeaba, hasta que escuchó los gritos de los hombres, un grupo numeroso, de más de cuarenta falangistas y guardias civiles que subían corriendo por el barranco de Amurgar, entre ellos vio claramente a Curbelo que gritaba:

-Ya te tenemos hija la gran puta, ahora vas a saber quienes somos los hombres de bien de la Santa Cruzada, aparate por hay que va a ser lo mejor pa ti-

Lorenza tiró su bolso todavía con abundante comida y comenzó a correr hacia la Montaña de Aguasabina, el suelo volcánico le destrozó las alpargatas, corrió y corrió durante más de de una hora sin parar, miraba hacia atrás y veía al grupo de fascistas a unos cien metros lanzados hacia ella.

No lo pensó mucho, solo imaginó lo que iban a hacerle antes de matarla, las famosas violaciones múltiples que ya se estaban cometiendo en cada rincón del triste archipiélago, se soltó el lazo rojo del pelo, se quitó aquel calzado destrozado, avanzando a una velocidad de vértigo hacia el abismo junto a Montaña Bermeja, lanzándose al vacío por un precipicio de más de mil metros.

Notó en unos segundos la violencia del viento en su cara, su vestido abierto, roto, volador, como una vela de barco en la tempestad, no sintió casi nada, solo los brotes de amor, las caricias eternas de su amante, los mimos de su madre, la risas y los juegos de su padre cuando era niña, incrustados en lo más hondo de su corazón empapado de lluvia libertaria.

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Dibujo de Castelao (Denantes morta que Aldraxada)

sábado, 14 de octubre de 2017

Por desgracia hijos del mismo siglo

La barbería de Tamaraceite era el lugar ideal para buscar información, por eso el coche negro, un Ford americano, aparcó en la carretera de tierra junto a la iglesia, interrumpió el escaso tráfico, Manolito Hiedra, que venía con su carro cargado de sacos de papas, arrastrado por un burro tuvo que esperar por los dos somatenes.

El más alto de los hombres llevaba un traje negro impecable y una corbata azul, gafas negras y el pelo peinado hacia atrás con brillantina. Se quedó mirando con mala cara al pobre jornalero que bajó la cabeza muy asustado con la boina calada hasta las orejas:

-¿Qué pasa carajo? ¿Qué miras cabrón de mierda?- dijo el fascista conocido como “Cabral”, mientras Hiedra temblaba de miedo.

Dentro del minúsculo recinto estaba Juanito Sosa el barbero leyendo el periódico:

-Buscamos a Gregorio Suárez- dijo el otro policía, un gallego, apellidado Muiños, con una cicatriz en la parte inferior del ojo derecho y un bigote muy fino sobre sus labios.

Al barbero le temblaban las piernas, sabía a lo que se arriesgaba si no daba la información adecuada, se les quedó mirando con mucho miedo, se apreciaba claramente el bulto de las pistolas bajo las chaquetas negras.

En el pueblo no se olvidaban de los crímenes cometidos desde el golpe de estado, las decenas de desaparecidos, los fusilados junto al alcalde comunista Juan Santana Vega, pasaban los años desde el 36 a comienzos de los 60, pero el miedo estaba incrustado hasta la médula de cada vecino, nadie se atrevía a mencionar todo lo que había pasado, la persecución, las torturas salvajes, las vejaciones sobre cientos de habitantes del municipio, las violaciones a las mujeres más jóvenes, el robo de los hijos de los asesinados para venderlos a familias vinculadas al régimen:

-Gregorio se fue pa Venezuela hace años- dijo el barbero y Muiños cerró la puerta de una patada, le dio un cabezazo y lo levantó del suelo contra el espejo de la pared:

-Habla hijo de puta, dinos donde está Gregorio o te parto el pescuezo-

Afuera Manolito escuchaba los gritos de los fascistas, el burro estaba muy inquieto y trataba de soltarse del carro para perderse galopando, la gente que subía andando por la Carretera General aceleraba el paso asustada, dentro el barbero estaba ya casi asfixiado, tenía una herida profunda en la cabeza por otro violento golpe con el mango del revólver de Cabral:

-Está escondido en la casa de su sobrina, Rosa Tejera, en La Montañeta, está metido en la cueva de la habitación del fondo, en un agujero bajo tierra- dijo el barbero con la voz rota por la estrangulación y la conmoción de los golpes.

Con una sonrisa irónica el guardia Cabral ordenó a Muiños que lo soltara, que lo dejará en el suelo, mientras se arreglaba las patillas con una navajilla de afeitar.

Juanito se quedó acurrucado en una esquina mientras los dos hombres abandonaban la barbería en silencio.

Afuera escuchó como se cerraban las puertas del auto, el ruido del motor, las pisadas del burro y el sonido de las ruedas oxidadas del carro.

Eran las cuatro de la tarde pero parecía de madrugada, Tamaraceite estaba en silencio, solo algún pájaro revoloteaba y cantaba en los laureles de India de la plaza, el sabor de la sangre en una boca seca, casi muerta, sin saliva.

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Dibujo de Castelao en la serie Galicia Mártir. (Febrero de 1937).

Madrid, qué bien resistes

Lucía Cabrera se unió a las milicianas del grupo de poesía y lectura desde que supo que se había producido el alzamiento militar, la joven canaria se había desplazado a Madrid desde Lanzarote para cuidar a su bisabuela Matilde Pallarés, se pasaba el día leyendo desde muy chiquita en su pequeño pueblo de Teguise, devoraba la biblioteca heredada de su padre fallecido de tuberculosis antes de cumplir los treinta años, navegaba por los textos de Julio Verne, de Salgari, de Gorki, de Tolstoy..., iba de libro en libro, de historia en historia, de aventura en aventura, casi desde que aprendió a leer en la escuelita de doña Remedios Guadalupe.

Con catorce años tenía ideas revolucionarias como su padre, libertarias, creía firmemente en un mundo mejor sin reyes, sin estado, sin caciques, sin curas, sin iglesias y opresores, conversaba con Luis Fernández, el hijo de Gregorito el chófer de los Manrique, el joven estaba estudiando derecho en la isla de Tenerife, un intelectual de veinte años, con las mismas ideas que Lucía, las mismas ganas de cambiar el mundo.

Madrid era el escenario de la esperanza de la humanidad, cada instante era heroico y la misma consigna: ¡No pasarán! En cada calle, en cada ventana las banderas republicanas, rojas, rojinegras, grupos de mujeres y hombres hablando en distintos idiomas con fusiles en los hombros, brigadistas internacionales, venidos de cada rincón de la tierra para luchar contra el fascismo.

En las afueras de la Casa de Campo hacían prácticas de tiro, a Lucía no se le daba mal el uso del máuser, tenía buena puntería, varias horas cada día entre compañeras y compañeras con las mismas ansias de libertad, unidos por la construcción de un mundo mejor.

Dejó de dormir en la vieja casa de su bisabuela en la calle Zurbano del barrio de Chamberí en pocos meses, con ella se había quedado su prima María Luisa, que también la cuidaba y trataba muy bien.

La muchacha se unió al campamento miliciano en la zona de El Retiro, dormían en tiendas de campaña y en antiguas chozas de pastores, estaban siempre preparadas para entrar en combate, resistir los constantes bombardeos que generaban tanta muerte, sobre todo en la población civil, era normal ver personas muertas en las calles por las bombas, niñas y niños que venían del colegio destrozados entre charcos de sangre, asesinados por las aviaciones alemanas, italianas y españolas, en aquellos momentos parcialmente en manos del ejercito fascista español, causando mucho daño en las viviendas, en la infraestructura de un Madrid herido de muerte en el corazón de su pueblo.

Recordaba siempre la paz de Lanzarote, las gerias con los racimos de uvas, el buen vino que tomaban en las fiestas patronales, las papas arrugadas con mojo, el gofio, los sancochos con pescado salado que preparaba su madre la maestra Eloísa Marrero. Unos recuerdos que venían en las noches, cuando se más se escuchaban las explosiones del frente de guerra, el sonido atronador de los obuses, las ráfagas de ametralladora, los gritos, casi alaridos de las mujeres y hombres heridos de muerte.

La noche del 28 de diciembre del 36 llegó la noticia de la muerte de Arcadio Monzón, el hombre que más amaba, su amigo, su confesor, su cómplice en mil noches de amor y conversaciones interminables, era carpintero de rivera, procedía de Las Palmas, estaba integrado en el Quinto Regimiento junto a Miguel Hernández, lo habían acribillado a balazos en el avance de los nacionales cerca de Toledo, todo se venía abajo en Madrid, en la conciencia de Lucía, que veía derrumbarse su mundo, morir a sus compañeras y compañeros, la huida del terror mientras disparaba desde las trincheras sin saber si había matado a alguien, solo seguía apretando el gatillo con la esperanza de que alguna vez llegaran buenas noticias.

Todo había ido demasiado deprisa, los días y las noches eran de menos de un minuto, cuando la sacaron de la prisión de Ventas a las cinco de la mañana, no iba sola, la acompañaban más de treinta mujeres en el camión hacia el cementerio del Este, había que esperar haciendo cola para los fusilamientos en el paredón junto a las fosas comunes, allí pudo contemplar con horror el modus operandi de cada fusilamiento, la frialdad de los fascistas, el estruendo a la voz de ¡Fuego! pensaba en su padre, en los días que la llevaba en los hombros, los dos desnudos, corriendo, simulando que él era un caballo cuatralbo, que ella su jinete en aquella playa de agua cristalina junto a los Ajaches.

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Milicianas marchando en Madrid (Foto Gelda Taro)

viernes, 13 de octubre de 2017

Como si ya no quedaran cuerpos que abrazar

Al subir la montaña de Osorio y descender sin rumbo, a toda velocidad, comenzó a internarse en la selva de laurisilva, el agua caía de las hojas profusamente, de repente la temperatura de más de 30º de agosto se volvió al internarse en la profundidad en no más de 15º, envolviendo a Luis Castro en un ambiente ancestral que olía a una humedad desconocida, como si hubiera viajado a una antigüedad sin tiempo, pisando un suelo blando repleto de hojas de laurel, castaños, tiles, envuelto por la majestuosidad de los naranjeros salvajes, los sanguínos, las tabaibas de monte, algunas adelfas, los paloblancos, los viñatigos, los acebiños, los mocanes, los madroños canarios, los brezos, los tejos, los follaos, los saúcos, los barbuzanos y las fayas con los troncos impregnados de un musgo tan verde como los ojos de su amor eterno, Soledad Andueza.

Allí en la profundidad del bosque mágico no había miedo, era imposible ¿Allí no podrían entrar los diablos vestidos de azul? se preguntaba el joven maestro de Moya, avanzaba y se escuchaba el arrullo de las palomas turquesas, las crías de musaraña corriendo detrás de sus madres sin espantarse de su presencia, quizá jamás habían visto a un ser humano o desconocían la maldad de los seres de dos patas, aquellos simios avanzados que solo usaron la selva Doramas para su tala, su destrucción, desde los tiempos de la conquista castellana y el genocidio indígena.

El noble Luis avanzaba hacia el barranco de la Virgen sin saberlo en el límite de Valsendero, ya no podía más, las alpargatas rotas, los pies llenos de llagas de caminar durante cinco días sin parar, se tumbó entre las flores y la hierba mojada, el perfume de las amapolas silvestres, de las magarzas, las tímidas lavandas le relajaron la mente y no tardó en dormirse profundamente acurrucado, no hacía frío, más bien tiritaba el alma como si ya no quedaran cuerpos que abrazar en el mundo.

Algo turbó el sueño del muchacho, un cántico alegre, unas voces, casi susurros y cuando abrió los ojos el cielo estaba casi negro, una tonalidad rojiza que anunciaba el atardecer más allá de los páramos perdidos de la selva, se incorporó y vio a dos mujeres que recolectaban hierbas, una muy joven con el pelo negro azabache por la cintura, otra muy vieja con un vestido rojo hasta las rodillas, ambas lo miraron con una leve sonrisa, pero siguieron mirando el suelo, buscando el primor de cada planta:

-Descansa mi niñito chiquitito, aquí no tienes peligro, descansa, duérmete bobito, duérmete, nosotras solo buscamos las hierbitas para sanar la tristeza del alma, no temas, somos lo que ustedes llaman “brujas”, pero no te haremos daño, déjate llevar por la brisa fresca, no temas, duerme, descansa, afuera solo está la muerte, lo malo del mundo, aquí estarás seguro, no pienses, deja de temblar, sueña con caracolas marinas, con sirenitas, con espejos de colores- dijo la mujer mayor con un lunar negro en la mejilla derecha.

Luis pensaba que estaba en un sueño, pero el rocío en su rostro lo despertó del letargo, detrás de las brujas iban dos gatos negros y otra blanca y canela, jugaban a perseguirse, se entretenían con las castañas secas, las elevaban en el aire, se las tiraban, se subían a los árboles y las dos mujeres se alejaron, se internaron en la profundidad, más allá de la escasa luz, lo saludaron con sus manos, sonrisas amables, dientes blancos entre felinos juguetones, una alegría que se perdía entre los dragos que se mezclaban desde el termófilo con el bosque húmedo, la transición de la isla acorralada, el perfecto refugio:

-Nosotras te traeremos comida muchacho, tu tranquilo, no te faltará la lechita, el quesito de Valleseco y el gofito amasado, duérmete otra vez, aquí estarás seguro- sonó una voz joven desde la espesura, era como de una niña, una voz que venía de más allá del olor de las flores.

El maestrillo anarquista se acostó en posición fetal, parecía un caracolito entre la inmensa estepa verde, cerró los ojos, le vino un placer parecido a cuando su abuelita Rosa le ponía la chupita, el trocito de tela impregnada en miel de azahares. 

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jueves, 12 de octubre de 2017

En la inocente soledad

El franciscano llamó a Berto y Fabián Navarro al confesionario para recriminarles su comportamiento, Don Ramón, el fraile vallisoletano había venido a Las Palmas a los pocos años del golpe de estado fascista del 36, tenía muy mala fama entre los menores internos por su extremada violencia, le gustaba agarrar por las orejas y despegarlas parcialmente con sus tirones, mientras les soplaba su aliento fétido en la cara de los chiquilllos.

Más de una noche solía rondar por los dormitorios para hacer tocamientos en los genitales de los niños, no dejaba de rezar entre abuso y abuso, también en algunos casos se los llevaba a su celda para consumar con más tranquilidad sus violentas prácticas sexuales.

Esa era la tónica habitual en este centro dependiente de Acción Social de Falange en el barrio colonial de Vegueta, la mayoría de los monjes forzaban a los menores, sobre todo si eran rubios con los ojos azules o verdes, antes de ser vendidos a cualquier familia pudiente que pagara el alto precio de estos niños robados a familias de republicanos asesinados.

Los dos hermanos vieron al siniestro religioso con sus hábitos al fondo de aquel oscuro cajón de confesión, les llegó el asqueroso olor de su halitosis crónica, la pestilencia a sudor por no haberse bañado en semanas, los obligó a arrodillarse de un grito, los chiquillos temblaban:

-Ave María purísima hijitos míos habéis pecado de nuevo y ahora ya no podré perdonaros, ya no bastara con la mamadita, esta vez tendréis que asumir las consecuencias- dijo con una voz que sonaba infantil y afeminada desabrochándose la sotana por la calentura.

De fondo en la capilla se escuchaba un coro de voces varoniles, era la hora del Ángelus, olía al sahumerio que daba ganas de vomitar al pobre Berto, que lo asociaba a las noches interminables en la cama de aquellos curas depravados.

No entendía como podían rezar y bendecir antes de violarlos, aquella soledad sin que nadie pudiera defenderlos, recordaba la seguridad de su hogar, la ternura de la madre ahora encarcelada, los juegos y el cariño de su padre asesinado, desaparecido en alguno de los puntos de exterminio en la isla, los terroríficos recuerdos de aquella noche, cuando lo sacaron a la fuerza de la humilde vivienda de Casa Pastores para llevárselo para siempre:

-El corazón es como una flor blanca inmaculada que mancháis con vuestras acciones, se va poniendo muy negro como el carbón, hasta que huele a azufre al estar tan impregnado de tanta malicia, entonces viene el diablo, Satanás en persona, que es quien se encargará de llevarlos al infierno, si antes no sois capaces de hacer un acto de sagrada constricción para liberaros del fuego eterno- predicó puesto en pie con los brazos alzados hacia el techo Don Ramón, los chiquillos no se atrevían a levantar la cabeza por miedo a que los golpeara con el bastón de madera.

Salieron de la pequeña sala de oración de la mano del fraile y su agudizada cojera por el ácido úrico en sus rodillas, “demasiada carne y vino” pensaba siempre el franciscano, Berto miró hacia atrás, se le había quedado junto al reclinatorio el pequeño cochecito de madera, el regalo de reyes que le había hecho su padre las pasadas navidades, ni siquiera hizo nada por volver a recuperarlo, al otro lado de la calle se escuchaban gritos de hombres, alaridos, de quienes estaban siendo torturados en ese preciso instante en el Gabinete Literario.

La puerta de la celda se cerró violentamente, sobre la cama había un gato negro inmóvil que los miraba, en la ventana, junto a los gruesos barrotes, una paloma blanca daba de comer a sus dos pichones, parecía que que no iba a suceder nada, que la santa inocencia jamás sería cercenada.

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miércoles, 11 de octubre de 2017

12 de octubre en el sueño del oráculo

El oráculo veía en su sueño como aquellos hombres de hierro subían por el barranco de Guiniguada, avanzaban muy rápido y junto a ellos unos seres gigantes de cuatro patas a los que llamaban “caballos”, iban dejando un reguero de indígenas muertos en cada pequeño poblado que encontraban, asesinaban a los hombres y a los niños, se llevaban encadenadas a las mujeres y a las niñas, incendiando los techos de palma de las casas de piedra seca, de las puertas de madera de las cuevas de planta cruciforme excavadas en la toba basáltica.

A la altura de Sataute los canarios comenzaron a lanzarles piedras desde lo alto de los acantilados junto al bosque de palmeras, varios castellanos cayeron muertos con el casco de la armadura aplastado sobre sus cráneos, pararon por un momento la incursión, se parapetaron formando pequeños grupos que permitían el avance de otros invasores, los ballesteros vascos que escalando se parapetaron en los riscos de enfrente y comenzaron a disparar sus flechas.

Los aborígenes comenzaron a caer al abismo con los pinchos clavados en el pecho, en la cabeza, en el estómago, en la espalda, unos pocos, varios heridos, corrieron hacia las montañas de Tinamar, perseguidos por varios hombres a caballo.

La pequeña Adassa le preguntó a la vieja Haridian si eso iba a suceder, la mujer siguió sentada con las piernas abiertas y cerca de su sexo un trozo de barro untado de almagre, modelaba aquella tierra colorada traída de la selva Doramas mientras hablaba:

-También veo hombres de azul con ropajes extraños, estos no visten de hierro, pero llevan en la cintura diabólicos objetos de metal por los que sale fuego y un trueno aterrador, se llevan a los nuestros, se llevan a la buena gente que no hizo nada, los lanzan al vacío en los agujeros del infierno, son como los demonios de hierro pero es otro tiempo, otro espacio en la misma sagrada tierra donde pisamos la tierra caliente de los volcanes- musitó como quien reza o recibe un dictado de un lugar invisible mas allá de la oscuridad.

Españoles asesinando mujeres y niñxs indígenas  durante la
 conquista de América y dándoselos de comer a los perros

Aquel 12 de octubre no parecía tener una ubicación concreta en la historia humana, se volvía a repetir, se repetiría en unos años al otro lado del mar, junto a la fragancia de las flores del río negro en la Amazonía, cuando miles de mariposas de colores bailaban, donde cientos de aves negras surcaban el cielo, paralizando su vuelo como pintadas en las nubes observando la aurora.

Tenía color rojo de sangre aquel atardecer, rojo brillante mientras por las montañas se veían bajar cientos de mujeres con sus hijas encadenadas por el cuello, a la vez el oráculo veía a otros hombres y mujeres en carros monstruosos que se movían solos, sin bestias que los arrastraran, mujeres y hombres también atados, estos con las manos a la espalda destino al mismo sacrificio de muerte y esclavitud.

Haridian terminó su pieza de cerámica, era un ídolo femenino con grandes pechos, representaba la fertilidad, la siembra del futuro en una tierra manchada de sangre.

Las dos se quedaron absortas mirando las estrellas, se veían luces brillantes en movimiento, parecían viajar en el infinito, se reflejaban en los ojos de las dos mujeres, se tornaban luminosas como los ojos de las mágicas lechuzas blancas.

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Conquistadores españoles quemando indígenas latinoamericanos y asesinando niñxs

martes, 10 de octubre de 2017

En la otra esquina del verano

Los sicarios de Falange salieron a la calle meses antes del golpe con la violencia a flor de piel, rompiendo manifestaciones obreras, agrediendo a personas que se movilizaban pacíficamente en demanda de sus derechos sociales y laborales, nadie imaginaba que desde la noche del sábado 18 de julio del 36 estarían asesinando a miles de canarios.

La reunión con el gobernador civil Antonio Boix Roig de varias organizaciones revolucionarias solicitando armas para defender al pueblo de los ataques fascistas no funcionó, el alto funcionario de la República justificó su negativa en que no sería necesaria la utilización de la violencia, que los rumores de alzamiento sedicioso eran infundados, que estaba todo muy controlado, que sería imposible cualquier tipo de sublevación militar.

Cuando salieron del breve encuentro la decepción era generalizada entre los asistentes, Antonio Aguiar, responsable de la Federación Obrera y sindicalista aparcero en el noroeste de Gran Canaria fue el primero que habló:

-Este hombre no se entera de lo que está pasando, no ha visto lo que han hecho esos asesinos en las manifestaciones, la crueldad de sus actuaciones contra nuestro pueblo-

El resto de compañeros asintieron con la cabeza, se tomaban unos vasos de agua y varios cafés en un bar junto al Campo España, cuando escucharon los cánticos y vieron pasar al numeroso grupo faccioso por la calle León y Castillo, un aire marcial en el desfile, uniformados y las miradas de odio cuando los vieron en la puerta, encabezaba la marcha el jefe requeté Dionisio Barber Urquijo, que llevaba una bandera azul con el yugo y las flechas, cantaban el “Cara al sol”:

-Estos nos van a matar a todos, tienen armas de los terratenientes y militares traidores- exclamó en voz muy baja Santiago Alcántara abogado canario, colaborador del diputado comunista Eduardo Suárez en la defensa de los derechos de las mujeres tabaqueras.

Los falangistas siguieron hacia la calle Triana, la gente los miraba con miedo, algunas mujeres cerraban las puertas y ventanas a su paso, veían en ese grupo a tipos vinculados a los caciques, encargados de los tomateros de los Betancores,  del Conde o la Marquesa, personajes siniestros que llegaban incluso a golpear a quienes disminuían el ritmo de trabajo en las interminables jornadas laborales de la mañana a la noche por un sueldo ínfimo.

También había algunos niños que portaban banderas con simbología vinculada a la Iglesia Católica, a lo que ellos llamaban la “Santa Cruzada contra la “conspiración judeo-masónica y marxista”, un desfile que metía el miedo en el cuerpo de la gente al ver en el grupo a quienes ejercían y apadrinaban la injusticia, abusando del poder que les daban los conocidos como los “dueños de la isla”, los mismos apellidos del holocausto indígena, los que se repartieron las tierras, los manantiales, los barrancos por donde corría más agua, dejando para el pobre solo la miseria, la esclavitud, la explotación y el hambre.

La comisión de representantes de organizaciones gremiales, partidos de izquierda y sindicatos se despidió con mucha decepción, algunos abrazos, vivas a la República, todos sabían que la muerte esperaba agazapada, que ya sería inevitable el genocidio.

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lunes, 9 de octubre de 2017

Ante los brutales ataques fascistas

Viendo a los grupos fascistas amparados por el régimen español, con una policía pasiva ante las gravísimas agresiones sobre quienes se manifiestan de forma pacífica, recibiendo golpes con barras de hierro, patadas, puñetazos, bebidas ardiendo en el rostro de periodistas que hacían su trabajo, se ve a las claras la estrategia del nuevo partido único español PP-PSOE-Cs, la misma que iniciaron en el 36 quienes llenaron España de fosas comunes y cunetas, con cientos de miles de asesinatos de estado.

El mismo modus operandi, generar terror, respaldar a grupos de asesinos fanáticos, violentos, armados hasta los dientes, con la insólita pasividad, tal como hemos visto este lunes 9 de octubre en Valencia, de los cuerpos de seguridad, que observan sin apenas actuar, como los cachorros de la mafia franquista masacran al pueblo, mujeres, hombres, niñas, niños, víctimas de sus brutales ataques que ahora mismo se están visualizando en todas las televisiones del planeta.

¿Están dispuestos a asumir un nuevo genocidio ante la mirada atónita de la comunidad internacional?

¿Van a seguir alentando y estimulando a estas bandas terroristas contra quienes pensamos diferente?

Este régimen ha estado estos últimos cuarenta años tratando de ocultar su fascismo congénito, ahora al ver peligrar su cortijo de robos y saqueos de todo lo que huela a público, saca su verdadero rostro, el rostro del falangismo, del nazismo, del crimen, de las ideologías más sanguinarias de la historia, de los “paseillos”, los tiros en la nuca, las Brigadas del amanecer, las desapariciones masivas, la tortura y la muerte.

Lo tenemos delante, en directo, en los escasos medios de comunicación que no manipulan la información, en medios internacionales que nos ofrecen estos vergonzosos atentados terroristas contra quienes ejercen el derecho legítimo y constitucional a la libre manifestación.

Si esto no se para por quien se tiene que parar, si no se detiene e imputa a estos criminales, no quedará otra salida que defenderse de la forma que sea, resistir los ataques fascistas para evitar una nueva masacre, no podemos permitir que de nuevo conviertan España en un cementerio.

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Los ultras revientan la manifestación del 9 d’octubre en Valencia ante la impunidad policial. EFE/Biel Aliño

Delirio de sombra

Sobre las ocho de la noche no se sabe porqué pero Diego González comienza a quejarse, habla de miedos ancestrales que le marcaron su vida, todo se complica al ponerse el sol, es raro, no lo podemos entender, pero se planta en esa nebulosa de recuerdos negros y no puede salir de ese túnel del terror:

-Va a pasar algo, va a pasar algo, ya vienen subiendo por el callejón, son varios hombres, escondan al niño, escóndanlo, que no lo vean, sáquenlo de la cuna, sáquenlo, que no lo vean, que no lo vean- dice Diego en su delirio, siempre a la misma hora, no puede olvidar, no puede perdonar a los asesinos de su hermanito de cuatro meses aquel 24 de diciembre del 36.

Se inquieta, ni la televisión lo entretiene, se levanta, comienza a asomarse a la puerta que da al patio de las flores, mira la puerta, mira la calle, se mete dentro, vuelve a asomarse, inquieto, asustado:

-Ya vienen, ya vienen, oigo los pasos, va a pasar algo, va a pasar algo, escondan a Braulito, mi padre Pancho no está, está escondido en las montañas hace seis meses, no está, ya vienen, ya vienen, van subiendo la cuesta son siete hombres de azul con pistolas y fusiles, escondan al niño, escóndanlo- vuelve a repetir sin tranquilizarse, siempre a la misma hora, cuando el sol se pone y llega la oscuridad.

Loba la perra canela lo mira preocupada, también está nerviosa al verlo sufrir, se le acerca le lame la mano, se tumba a su lado, se pone boca arriba como invitándolo a jugar, pero él sigue mirando, acechando el callejón, la llegada de la Brigada del amanecer cuando se acerca la noche, aquellos hombres que asesinaros a su hermano cuando Diego tenía 11 años, la noche de Navidad, aquella Navidad sin turrones, sin golosinas, sin alegría, sin esperanza, solos en la humilde vivienda, entretenido junto a sus hermanos en ver pasar las estrellas fugases.

Varias veces en Urgencias, allí parece tranquilizarse un poco cuando lo auscultan los médicos, pero al volver se junta de nuevo el dolor, la confusión, el miedo, la boca seca, sin saliva, en el instante que vio volar a Braulio contra la pared, los gritos de los fascistas, los alaridos de Lola su madre cuando no se podía parar la hemorragia de la cabeza del bebé.

Los guardias civiles y falangistas abandonando el recinto tras el asesinato, la Nochebuena más triste de su vida, por eso nunca la celebró, yo no lo entendía pero luego supe lo que había pasado, por eso se quedaba fuera fumando mirando al cielo, recordando al chiquillo, a su padre fusilado tras entregarse después de la muerte de Braulio:

-Está llorando un niño, está llorando, está llorando, va a pasar algo, va a pasar algo, está llorando mi hermanito, ya vienen, escóndanlo, escóndanlo, van subiendo, cierren bien la puerta, hay hombres fuera, mataron al perro, se escuchó un disparo, mataron al perro, ahora vienen, ahora vienen, escóndanlo, escóndanlo-

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Madre con niño asesinado (II) postscripto de "Guernica" (Pablo Picasso)